Erase una vez en una lejana llanura un viejo pozo. Aquel dia era gris oscuro, pero en el horizonte se desdibujaban trazos lilas y rojos del horizonte. Las nubes habían dejado huecos como si fuera un queso de gruyeré por donde los furtivos rayos del sol agonizante del día se dejaban entreveer.
Uno de esos rayos del sol del crepúsculo chocaban de lleno contra el pozo viejo de piedra, dándole un aspecto entre fantasmagórico y angelical, casi divino.
Por las paredes del pozo se adherían como pulgas a perro viejo trazos de musgo. Se encontraban en la cara norte de las piedras grises y mohoosas, aunque en el interior del mismo el agua se destacaba por su ausencia. Se habían olvidado de este viejo pozo. Ya no iba el cantaro a la fuente. Ni tampoco se rompía ya. Una depuradora del pueblo se encargaba de depurar el agua del río que era desviada hasta el embalse que nutría el pueblo. El pozo se quedó olvidado y sin ninguna utilidad. Lo que en tiempos fue algo indispensable para los lugareños y para los caminantes que cruzaban aquel pàramo aro se quedó olvidado y presa del olvido.
Ha quedado como un mero vestigio del pasado, de un tiempo mejor, donde las cosas pasaban más despacio, que para conseguir agua que calmara la sed de un duro día, hiciera falta el esfuerzo de elevar un cántaro de agua del pozo, ver la cara de alegría del otro de la pronta sensación de frescor del agua corriendo por el gaznate, notar como tal líquido divino entra por las entrañas y limpia todo cansancio y penar de un duro y fatigoso día de trabajo duro. No es de extrañar que el agua sea algo bendito y sagrado en muchas culturas y que para bautizar a una persona se lo haga con agua.
Cuando veais un pozo, tratarlo con cariño, porque muchas veces lo que ahora es importante, en poco tiempo, tal vez no lo sea.
Saludos y disfrutar de las pequeñas cosas de la vida
Jorge
domingo, 18 de marzo de 2007
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